Figure assise sur fond jaune

© COLECCIONES FUNDACIÓN MAPFRE

Rodin, Auguste

París, 1840
Meudon, Francia, 1917


Figure assise sur fond jaune [Figura sentada sobre fondo amarillo]

1896-1899


TÉCNICA

Grafito y acuarela sobre papel encolado sobre cartón

MEDIDAS

Medida papel: 30,8 × 20,8 cm (12 1/8 × 8 3/16 in.)

INVENTARIO

FM000321

CLASIFICACIÓN GENÉRICA

Dibujo

DESCRIPCIÓN

«Rodin estaba solo antes de su fama. Y la fama que llegó le hizo quizás estar aún más solo. Y es que la fama, al fin y al cabo, no es más que la suma de todos los malentendidos que se dan cita alrededor de un nombre nuevo. De ellos hay demasiados en torno a Rodin, y aclararlos sería una tarea larga y fatigosa.» De este modo comienza el bellísimo texto que en 1902-1903 dedica el poeta Rainer Maria Rilke a Auguste Rodin, uno de los más famosos escultores de finales del XIX y principios del siglo XX, y autor de obras tan memorables como El pensador o El beso.

Tiene razón Rilke al decir que en torno a Rodin abundan los malentendidos, sobre todo teniendo en cuenta que el relato que más circula le sitúa entre los «genios» de la Historia del Arte, en parte porque concita muchos de los elementos que suelen estar presentes en eso que se podrían llamar las «excepciones positivas». Rodin, como Picasso, suele considerarse un «genio», a pesar de que este término debe ser puesto en tela de juicio al tratarse de un territorio excluyente —y quien sabe si a esa fama que deja solo, como excepción, se está refiriendo Rilke.

Así, a su popular facilidad a la hora de dar vida a las formas, se une la enorme variedad de figuras que salen de sus manos. Rodin es descrito a menudo como productivo, incapaz de repetir las formas, siempre original. Y, como a menudo ocurre con los «genios» —y valga Picasso como ejemplo—, se describe su enorme creatividad en términos demasiado físicos, recuerda Chadwick al recoger el testimonio de un crítico del XX: «El periodo en que Rodin se vio inmerso en la mayor pasión de su vida coincidió con la creación de sus más apasionadas obras. Su innato vigor, aun en la decadencia, era de tal índole que todo lo que salía de sus manos con tan peligrosa facilidad llevaba la impronta del genio». Rodin se presenta, así, del modo en que le representan algunas fotos y hasta su discípula, amante y coautora de muchas de sus obras, la fabulada hasta el hastío Camille Claudel, a quien conoce más de diez años antes de realizar este dibujo: un hombre fuerte, apasionado, epítome de la masculinidad, productivo hasta extremos inverosímiles, lleno de potencia incluso en los momentos finales de su carrera.

Tal vez esos lugares comunes sobre Rodin —la soledad, al fin— ocultan la verdadera fuerza de su trabajo, del mismo modo que los «centenares y centenares» de figuras de las Puertas del Infierno de las que habla Rilke no son sino figuras idénticas que el movimiento hace aparecer como distintas. En estas figuras repetidas, en esta misma repetición que pone en entredicho el sentido tradicional de la «originalidad», es donde surge lo fascinante de esta autoría fracturada de figuras múltiples hechas, además, por dos manos —pues nadie pondría en entredicho la influencia mutua entre Claudel y Rodin.
Por todo esto, en Figure assise aparece el mejor Rodin, el que, lejos de los estereotipos a propósito de los escultores como artistas poderosos, dibuja, más que figuras —el cuerpo humano le obsesiona—, el movimiento de esas figuras. La joven reclinada, ensimismada en sus cosas, tiene mucho de ese trazo gracioso de esculturas como las Tres ninfas o Las dos bailarinas. Dicho trazo, que apenas esboza las formas, concentra en sí mismo la vibración de lo corpóreo que ha dejado de estar quieto y ha echado a andar: la modelo no aparece congelada, estática, sino que es síntoma de untranscurso, como ocurre en las esculturas del autor, asediadas por el movimiento.
De hecho, cuando, en los primeros años de 1890, se puede permitir pagar a las modelos para que posen para él, Rodin trabaja con ellas de un modo inusitado: deja que se muevan libres por la habitación para que el ojo atrape esa sensación de espontaneidad que aparece en este dibujo también. Una pasión que comparte con otra mujer esencial en su vida, primero su discípula y modelo, luego su amante, la inglesa Gwen John, autora de tantos dibujos femeninos memorables. Pasión por el instante detenido, el que el ojo avezado del maestro Rodin supo capturar en la modelo de esta acuarela, puro movimiento libre sobre el papel.

[Estrella de Diego]

INSCRIPCIONES / LEYENDA

Firmado y fechado en el ángulo inferior izquierdo; en el reverso del cartón, firmado y anotado con tinta negra aplicada con pincel: «A. Rodin / Dessin / Cadre nº 326», anotado con pluma y tinta parda: «67» (tachado), y al lado: «68»

BIBLIOGRAFÍA

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THORSON, Victoria, Rodin Graphics: A Catalogue Raisonné of Drypoints and Book illustrations, cat. exp. California Palace of the Legion of Honor. San Francisco, Fine Arts Museums of San Francisco, 1975.

FECHA DE INGRESO

2010

PROCEDENCIA

Eugène Druet / Brame & Lorenceau
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